Vol. 7 (2024), pp. 33-51 • ISSN: 2659-5311

http://dx.doi.org/10.33776/riesise.v7.8284

EL DESARROLLO TERRITORIAL DEL MOVIMIENTO COOPERATIVO VASCO A LA LUZ DE LA SALIDA DE ORONA Y ULMA DEL GRUPO MONDRAGÓN

THE TERRITORIAL DEVELOPMENT OF THE BASQUE COOPERATIVE MOVEMENT ACCORDING TO THE DEPARTURE OF ORONA AND ULMA FROM THE MONDRAGON GROUP

Miguel de la Fuente

LANKI Ikertegia (Mondragon Unibertsitatea)
mdelafuente@mondragon.edu

RESUMEN

Este artículo contextualiza la emergencia de un nuevo ciclo en la Socio-historia del movimiento cooperativo vasco. Analizamos brevemente las evidencias de este nuevo ciclo haciendo hincapié en los procesos de desarrollo territorial del Grupo Mondragon, principal experiencia del cooperativismo vasco. Proponemos en el presente estudio una lectura según la cual, las recientes salidas de los Grupos Orona y ULMA representan un signo más de esta nueva etapa, en concreto, el último resultado de las transformaciones vinculadas a la territorialización de Mondragón y a la erosión de la identidad cooperativa.

ABSTRACT

This article aims to contextualise the emergence of a new cycle within the socio-history of the Basque cooperative movement. We briefly analyse the evidence of this new cycle, focusing on the territorial development processes of the Mondragon Group, the main experience of Basque cooperativism. In this study, we propose an analysis according to which the recent departures of Orona and ULMA Groups represent yet another sign of this new stage, specifically the latest result of the transformations linked to the territorialisation of Mondragon and the erosion of cooperative identity.

PALABRAS CLAVE

Cooperativismo vasco, Grupo Mondragon, Identidad cooperativa, Socio-historia.

KEYWORDS

Basque Cooperativism, Mondragon cooperativism, Cooperative Identity, Socio-history.

Fecha de recepción: 13/05/2024
Fecha de aceptación: 12/09/2024
Fecha de publicación: 27/11/2024

CÓDIGOS JEL: A14, P13

1. Introducción

En 1956, cinco jóvenes de Arrasate (Gipuzkoa) fundaron la cooperativa ULGOR con la ayuda del sacerdote Jose María Arizmendiarrieta. La creación de esta cooperativa, que luego cambió su denominación por Fagor, representa el inicio de la historia del que devendrá Grupo Mondragon. Desde entonces, las cooperativas de la Experiencia Cooperativa de Mondragon (ECM) han desarrollado estructuras de cobertura e intercooperación para cumplir con la función social del cooperativismo vasco: la generación de empleo de calidad arraigado al territorio1. Aunque las cooperativas de Mondragon no son las únicas de Euskal Herria2, el Grupo vasco lo conforma una red de más de 80 cooperativas industriales, alimentarias, educativas y de servicios, así como un banco cooperativo y una mutualidad de previsión social. Su presencia como grupo empresarial es global, y representa la experiencia cooperativa industrial más desarrollada en el mundo.

En diciembre de 2022, dos de los principales grupos que conforman Mondragon, Orona y ULMA, decidieron abandonarlo después de más de 60 años de intercooperación. La facturación de cada grupo superó en 2021 los 830 millones de euros y emplean a más de 5.000 trabajadores respectivamente, estando presentes en más de 80 países del mundo3.

A lo largo de su historia, el cooperativismo vasco ha destacado por ser un fenómeno plural y profundamente arraigado al territorio. En este artículo4, hemos contextualizado nuevamente nuestra propuesta de Socio-historia del movimiento cooperativo vasco, centrándonos en la emergencia de un nuevo ciclo histórico (De la Fuente, 2024). Analizaremos los signos de este nuevo periodo, antes de focalizarnos en cómo los cambios sociales y la estrategia de construcción territorial del Grupo Mondragon han transformado la identidad cooperativa. Proponemos aquí una lectura según la cual la salida de Orona y ULMA representa un signo más de esta nueva etapa, en concreto, el último resultado de las transformaciones vinculadas a la territorialización de Mondragón y a la erosión de la identidad cooperativa.

Para hacerlo hemos utilizado una metodología propia basada en una epistemología contextual y, más concretamente, en una visión crítica o radical, con la que destacar las prácticas sociales subyacentes (Madill et al., 2000) y (Rynes & Ghepart, 2004). La construcción de este relato se ha generado mediante la combinación de las herramientas de la Historia y la Sociología, siguiendo la propuesta de socio-historia de (Déloye & Voutat, 2002) y (Déloye, 2017). Ello al hilo de diferentes narrativas colectivas, con una especial atención a los discursos subalternos (jóvenes, migrantes, mujeres, etc.), generalmente obviados en los discursos oficiales (Spivak, 2008) y (Spivak, 2017). Nuestras herramientas metodológicas han sido las entrevistas en profundidad a diferentes agentes del cooperativismo vasco, seleccionadas en base a diferentes niveles estructurales (territorio, cargo en la cooperativa, edad, etc.) mediante un muestreo snowball (Goodman, 1961). Las entrevistas han sido complementadas por una exhaustiva revisión bibliográfica de artículos de investigación, prensa y archivos. Los resultados del trabajo de campo se han tratado mediante el Análisis Crítico del Discurso (Van Dijk, 2001); (Martín, 2003) y (Van Dijk, 2014).

2. La socio-historia de las cooperativas en euskal herria

El contexto socio-histórico del cooperativismo vasco se puede dividir en cuatro ciclos históricos (De la Fuente, 2024), desde las primeras experiencias cooperativas a finales del siglo XIX hasta la actualidad, momento en el que parece evidente la emergencia de un nuevo ciclo histórico (el cuarto). En primer lugar, hallamos el Cooperativismo de Anteguerra (1884-1945), en el que hace aparición un cooperativismo muy ligado al consumo y con un notable éxito gracias a las sólidas estructuras cooperativas lideradas por diversos agentes sociales, como el movimiento socialista (tanto partidos como sindicatos), la Acción social de la Iglesia y, más tarde, el nacionalismo vasco. Pero, también, gracias a la solidaridad colectiva en el seno del propio movimiento y a la creación de instituciones financieras propias, como el Banco Cooperativo del Norte (Arrieta et al., 1998, pág. 171). A través de estas instituciones, el cooperativismo se arraigó orgánicamente en el territorio hasta la Guerra Civil española, que destruyó el floreciente movimiento. En el País Vasco francés, los primeros pasos de la cooperación se dieron principalmente en el ámbito agrícola, aunque hubo expresiones cooperativas de esos mismos agentes sociales. En todo caso, durante este ciclo se construyó un cooperativismo poliédrico y geográficamente muy distribuido en todos los territorios de Euskal Herria, cuyo nivel de desarrollo cooperativo alcanzó a prácticamente toda la población de una forma que difícilmente se volverá a experimentar (Ibid.). El dramático final de este ciclo se dio tras la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial que lastraron al cooperativismo a una situación crítica.

Este primer ciclo dio paso al Cooperativismo de la Necesidad (1946-1975). Surgido en el contexto de posguerra, el cooperativismo buscaba satisfacer las necesidades sociales básicas, como el trabajo, el consumo o la educación. Las cooperativas de Mondragón son un excelente ejemplo de este tipo de iniciativas que aprovecharon las condiciones económicas favorables (del desarrollismo y el proteccionismo autárquico) para crear estructuras intercooperativas como Caja Laboral, la mutualidad Lagun Aro y un complejo sistema de formación profesional, aprovechando los escasos márgenes actuación de la dictadura franquista. Mondragón es uno de los ejemplos de autogestión colectiva más importantes de este periodo, pero no es el único. Igualmente se llevó a cabo un lento pero progresivo desarrollo de escuelas de base popular que se constituyeron bajo la forma de cooperativas y cuya lengua vehicular era el euskera: las ikastolas. Estas tuvieron, y tienen, un gran apoyo financiero de las cooperativas de cada comarca y recibieron un apoyo importante de Caja Laboral. Las necesidades económicas llevaron al cooperativismo de Mondragón a organizarse en torno a Grupos Comarcales, que agrupaban a las cooperativas en base al territorio. Sin embargo, los cambios políticos ligados al fin de la Dictadura franquista en 1975, la influencia ideológica de Mayo del 68 y la muerte en 1976 de Arizmendiarrieta, promotor de estas cooperativas, desencadenaron el inicio de un nuevo ciclo.

En el tercer ciclo, que hemos denominado Cooperativismo del Bienestar (1976-2000), las cooperativas industriales del Grupo Mondragón cambiaron su modelo de desarrollo. Desde mediados de los años setenta, la organización en Grupos Comarcales estableció y reforzó los vínculos entre las cooperativas y entre los cooperativistas de cada región. Las particularidades socio-geográficas del País Vasco favorecen fuertes vínculos entre las comunidades locales5, que los Grupos Comarcales trasladaron al ámbito laboral, reforzando así la identidad cooperativa. Sin embargo, a partir de los años 80, las crisis económicas provocaron dificultades a muchas cooperativas. Para adaptarse a la nueva coyuntura, la Caja Laboral y los propios Grupos Comarcales tuvieron que tomar nuevas medidas para superar el contexto económico desfavorable. Una de esas medidas fue la de organizarse en función de sus sectores de actividad, por lo que la distancia física y simbólica entre sus miembros se agrandó. Las cooperativas tuvieron que centrar su actividad en su supervivencia, y el modelo de desarrollo comunitario se vio, por consecuencia, relegado a un segundo plano.

Paralelamente, durante este tercer ciclo, en el País Vasco francés empezaron a surgir diferentes SCOPs (Société Coopérative Ouvrière de Production) para tratar de ofrecer trabajo digno a los jóvenes que se veían obligados a migrar. Estas SCOP, creadas desde finales de los setenta a principios de los noventa, generaban empleo en sociedades gestionadas democráticamente (Itçaina, 2007). Su particularidad es que lo hacían siguiendo el espíritu de construir un “Mondragón miniaturizado” (Hemen Elkartea, 2017, s.p.). Además, estas cooperativas tuvieron una fuerte voluntad de replicarse constituyendo herramientas para fomentar el desarrollo territorial endógeno6. Este movimiento, que ha sido calificado -y se ha autodefinido7- de cooperativismo identitario (Itçaina, 2010, pág. 390), estuvo muy vinculado a la evolución del nacionalismo vasco en la región, y representó una primera alternativa al modelo que el propio Mondragón había comenzado a aplicar. Este movimiento nacionalista, sin embargo, a partir de los años 90 empezó a atender a otros movimientos sociales y lingüísticos, lo que unido con las sucesivas crisis económicas de algunas de estas SCOP, aceleró un cambio de etapa, en la que el cooperativismo empezó a perder importancia entre los agentes políticos. Algo que sucedió también al sur del Bidasoa.

3. El nuevo ciclo cooperativo

Euskal Herria ha experimentado evidentes cambios sociales, políticos y económicos en las últimas décadas que han tenido un efecto directo en las cooperativas. Las grandes cooperativas industriales de Mondragón fueron capaces de superar las sucesivas crisis económicas de los años 90, gracias a diversas medidas para ser económicamente más eficientes, y entraron en el siglo XXI con una excelente posición de mercado. La introducción de filiales a partir de 1995 (Altuna, 2008, págs. 167-173), la consolidación de una masa de trabajadores temporales subcontratados y la modificación de los baremos salariales, que pasaron de 1:3 a 1:6 (Larrañaga, 2004, págs. 65-66), representan algunas de estas transformaciones sin precedentes en el cooperativismo. Al mismo tiempo, esta posición fue erosionado ciertos consensos sociales y generando profundas tensiones internas (Cheney, 2002) o (Errasti, 2013). Asistimos, además, a cambios en la composición del movimiento cooperativo vasco: las cooperativas que se crean hoy son de menor tamaño, se concentran en el sector servicios y se crean en zonas urbanas, y sobre todo, en el área metropolitana del Gran Bilbao (De la Fuente, 2020).

Parece evidente que todos estos cambios han llevado al cooperativismo vasco a un Nuevo Ciclo histórico. En este, las grandes cooperativas industriales localizadas en pueblos de menor tamaño, modelo típico de las del Grupo Mondragon, conviven con nuevas cooperativas con menos socios y situadas en ciudades. Algunos autores han sugerido la emergencia de este nuevo ciclo haciendo hincapié en los nuevos lazos de solidaridad de los cooperativistas para con otros trabajadores y sindicatos (Kasmir, 1999, pág. 118) y (Kasmir, 2016), mientras que otros han insistido en las relaciones con las filiales, augurando cambios en estas relaciones (Errasti et al., 2002, pág. 140) o en la creación de Olatukoop, un grupo cooperativo alternativo (Julio & Udabe, 2023). Y, por otra parte, hay quienes desde el propio Mondragon consideran que en esta nueva etapa, los factores externos son decisivos (Ortega & Uriarte, 2015, pág. 10).

Las recientes “escisiones” de los grupos cooperativos Orona y ULMA confirman la aparición de un nuevo ciclo en el movimiento cooperativo vasco. La idea que defendemos en este artículo es que estos cambios, y sobre todo, aquellos habidos en la construcción territorial del Grupo Mondragon han ayudado a la transición hacia el Nuevo Ciclo socio-histórico. Además, sostenemos que la salida de Orona y ULMA representa la última vuelta de tuerca de esa transición. Las razones de estas escisiones son múltiples, pero intentaremos vincularlas a la desterritorialización de la gran corporación con sede en Arrasate.

4. La construcción territorial del grupo mondragon

Es esencial analizar la construcción territorial del Grupo Mondragon para dar respuestas a algunos interrogantes sobre los procesos de vinculación del cooperativismo al territorio y, concretamente, para cubrir una importante laguna académica existente sobre cómo los cambios experimentados durante el ciclo del Bienestar han afectado al desarrollo territorial. Fue durante este ciclo socio-histórico en el que el cooperativismo de Mondragón se centró en la búsqueda de la competitividad en detrimento de un proyecto territorializado. La Experiencia Cooperativa de Mondragón, iniciada en 1956 con la creación de Fagor, representó el inicio de un nuevo momento del cooperativismo. En diferentes pueblos y villas vascas, empezaron a surgir diferentes cooperativas industriales y de consumo para satisfacer las necesidades de amplias capas de la población. Además, se fundaron Escuelas profesionales para formar a los futuros cooperativistas y una cooperativa de crédito, la Caja Laboral, para canalizar el ahorro popular hacia la inversión. De esta forma, convocando el trabajo digno, el consumo a menor coste, la educación y el crédito, se dio lugar a la “tetralogía fundacional de la experiencia de Mondragón” (Molina, 2011, pág. 39).

La Caja Laboral, banco cooperativo del Grupo, asumió la tarea de identificar nuevos nichos de mercado, recuperar empresas en quiebra y ayudar a determinadas ramas de actividad a escindirse de las cooperativas solventes y operar de forma independiente. Este fue el caso de gran parte de las primeras cooperativas como COPRECI o Fagor Ederlan. Su objetivo no era meramente económico, sino de transformación social. Así lo afirmaba la propia Caja al decir que: “no se buscó y se deseó la formula cooperativa como simple expresión de reforma microeconómica, sino como vía para transformaciones de mayor alcance social y económico” (Caja Laboral Popular, 1967a, pág. 11).

Estas transformaciones sociales se lograron gracias a la creación de otras cooperativas en diferentes regiones de Euskal Herria, en un proceso liderado por Caja Laboral que se extendió desde Arrasate hacia las zonas más alejadas y que se apoyó económicamente en las aportaciones de las cooperativas más rentables. En 1998, de las más de 100 cooperativas que componían la Corporación Cooperativa Mondragón, el 45% habían sido creadas por la rama empresarial de Caja Laboral (Uribarri, 1998, pág. 25). Esta política de “reproducción cooperativa” fue posible gracias a una amplia prospección económica. Larrañaga, uno de los fundadores de Fagor, reconocía que “durante años funciona la estrategia de la imitación inducida y son muchas cooperativas las que emergen en el País Vasco enracimadas el árbol de la Caja Laboral Popular” (Larrañaga, 1998, pág. 138).

Como resultado fueron surgiendo nuevas cooperativas en prácticamente todas las comarcas de Gipuzkoa y en muchas partes de Bizkaia. Con menor intensidad, pero siguiendo la misma estrategia, también se crearon en Araba y Nafarroa. No se trataba sólo de cooperativas industriales, sino también agrícolas, de vivienda, ganaderas, forestales y pesqueras. Igualmente, se crearon cooperativas de consumo que se fueron agrupando en torno a la cooperativa Eroski y numerosas estructuras de intercooperación como la mutua Lagun Aro que se escindió de la Caja Labora. El objetivo, de acuerdo con la función social del cooperativismo vasco, era crear empleo de calidad y arraigado al territorio. Lo mismo ocurrió en el País Vasco francés, donde el cooperativismo de Mondragon tuvo una gran influencia teórica que dejó su impronta en la creación del movimiento mencionado a su imagen y semejanza (Itçaina, 2010), si bien de menor escala.

4.1. Los Grupos Comarcales

La estrategia de reproducibilidad, denominada de “imitación inducida”, permitió la creación de todo un tejido económico cooperativo para numerosos trabajadores vascos. Esta estrategia, iniciada en la localidad de Arrasate, sirvió de apostolado cooperativo para las nuevas cooperativas que se iban extendiendo progresivamente por el territorio, dando lugar a los Grupos Comarcales, que agrupaban a las cooperativas de una misma zona como mecanismo de intercooperación para la creación de nuevas empresas, la mancomunidad de recursos y el apoyo en caso de dificultades económicas.

El primero de estos Grupos Comarcales fue el grupo ULARCO, que a partir de 1964 agrupó a las cooperativas de la comarca de Arrasate. Aunque pasaron quince años hasta que el siguiente Grupo Comarcal se formalizase, ULARCO fue el modelo a seguir (Larrañaga, 1998, págs. 198-200). Fue también ese año cuando Caja Laboral comenzó a desplegar su estrategia de replicación más allá de la zona geográfica más próxima a Arrasate, logrando crear cooperativas lejos de su área de influencia. Las primeras cooperativas, particularmente Fagor, fueron las que apoyaron económicamente gran parte de este desarrollo cooperativo y de los Grupos Comarcales, gracias a sus buenos resultados económicos (Foote & King, 1989, pág. 203). La organización territorial del Grupo Mondragón durante el que hemos venido denominando Ciclo del Bienestar se basó predominantemente en las comarcas. A finales de los años 80, esta organización comarcal tenía el siguiente desarrollo:

Fig. 1 Situación Geográfica de los Grupos Comarcales asociados a Caja Laboral Popular, extraído de (Gorroño, 1985, pág. 116).

Situación Geográfica de los Grupos Comarcales asociados a Caja Laboral Popular, extraído de (Gorroño, 1985, pág. 116).

4.2. La transformación de la estructura territorial: las Divisiones Sectoriales

Con el paso de las décadas, el Grupo Mondragon se vio impelido a orientar sus estructuras económicas hacia una búsqueda más intensa de la competitividad económica en el mercado mundial. Mondragon consideraba, en aquella época, que la división en Grupos Comarcales daba lugar a “series de producción pequeñas, costes altos y productividad bajas que se traducían en una baja competitividad” (Altuna, 2008, pág. 164). Por ello, se propusieron una serie de importantes modificaciones internas como las modificaciones de los baremos para ampliar la horquilla salarial (Ormaetxea, 1998, pág. 560-565). Hasta entonces las decisiones estratégicas se tomaban en Caja Laboral, pero a mediados de los años 80 se constituyeron estructuras institucionales propias en tanto que Grupo Cooperativo Mondragon. El primer Congreso Cooperativo tuvo lugar en 1987 y, desde entonces, se empezó a diseñar una nueva estructura organizativa con objeto de sustituir los Grupos Comarcales por Divisiones Sectoriales que agrupasen a las cooperativas en función de sus actividades.

El resultado fue una estructura organizativa que abarcaba los principales sectores de actividad: Finanzas, Industrial, Distribución, Financiero y Mutual y Educación. Además, la División Industrial se fragmentó en diferentes subsectores que, actualmente (sin tener en cuenta la salida de Orona y ULMA), suman un total de once (como los de Automoción, Componentes, Ascensores o Construcción por citar algunos). Esta reestructuración llegará a su culmen en 1991 en el III Congreso Cooperativo con la adopción de una nueva denominación, la de Mondragon Corporación Cooperativa (o MCC) que sustituía la anterior de Grupo Cooperativo Mondragón. La organización resultante era mucho más vertical y no se basaba en vínculos geográficos, sino sectoriales, tal como queda representado en el siguiente esquema:

Fig. 2: Modelo de estructura sectorial

Modelo de estructura sectorial

Fuente: Larrañaga (1998: 281).

No obstante, todo este proceso de transformación no estuvo exento de conflictos. Las tensiones sociales internas aumentaron y algunos Grupos se opusieron a la transformación sectorial. También surgieron dificultades de coordinación puesto que los vínculos que antes unían a los miembros de las cooperativas -basados en la proximidad geográfica, los lazos familiares o de amistad- no podían forjarse tan fácilmente con miembros de cooperativas más distantes.

Durante este mismo periodo, se abandonó la promoción de nuevas cooperativas siguiendo la estrategia de reproducción cooperativa antes mencionada. Esta estrategia funcionó bien en los momentos de expansión económica, pero las crisis de los años 90 obligaron a Mondragon a centrarse en la supervivencia de muchas cooperativas. Desde entonces, el grupo vasco se ha limitado a la compra de algunas empresas en diferentes sectores de actividad sin cooperativizarlas íntegramente. No obstante, sí se ha promovido la creación de diferentes Centros de Investigación, entidades culturales e, incluso, una universidad, Mondragon Unibertsitatea, con forma jurídica de cooperativas. En Mondragón, además, el empleo eventual (trabajadores no socios) devino estructural y las filiales en el extranjero se consolidaron como una política propia. Un proceso de internacionalización global que se ha venido denominando «nueva división internacional del trabajo» (Mendizabal et al., 2005, pág. 242). Si en sus inicios el grupo Mondragon hablaba de “transformaciones de mayor calado social y económico” (Caja Laboral Popular, 1967a, pág. 11), hoy prefiere centrarse en el mantenimiento del empleo local y la estabilidad económica de las matrices cooperativas. De hecho, Mondragón abandonó la creación de nuevas cooperativas, limitándose a mantener los logros económicos y sociales generados en Euskal Herria. El Presidente de una de las cooperativas industriales del Grupo reflejó esta idea cuando, al ser entrevistado, afirmó:

“Lo que se busca es reforzar, asentar y, realmente, que lo que funcione siga funcionando. Y por supuesto que se necesitará un pequeño crecimiento, pero no se trata de estar buscando un crecimiento exponencial en el que exista una sociedad vasca cooperativizada” (Online, 12 de abril de 2021).

En el nuevo ciclo cooperativo, el modelo de la gran cooperativa industrial ubicada en una pequeña ciudad vasca, el más común entre las cooperativas del Grupo Mondragon, se consolida pero no se replica. Podemos afirmar que la transformación de los Grupos Comarcales en Divisiones Sectoriales tuvo importantes repercusiones en los vínculos territoriales de las cooperativas de Mondragon, pero también en el conjunto del cooperativismo vasco, muchas veces inspirado en la Experiencia Cooperativa fundada por Arizmendiarrieta. La construcción territorial del Grupo Mondragón ha representado un modelo sin precedentes al poner en marcha una estrategia de replicabilidad territorial por “imitación inducida” exitosa. Esta estrategia, que incluía el apoyo técnico y económico de Caja Laboral y los fondos de los Grupos Comarcales, generó una dinámica a través de la cual se construyó el propio Grupo Mondragón y gran parte del tejido económico de numerosas comarcas vascas. Sin embargo, la transformación de los Grupos Comarcales puso fin a esta reproducibilidad al orientar la estructura organizativa hacia los sectores de actividad. Con la creación de las Divisiones no se tenía en cuenta el arraigo territorial, lo que provocó una de las primeras fracturas en los vínculos comunitarios de las cooperativas y, en definitiva, una fractura en la identidad cooperativa.

5. La identidad cooperativa vasca, una identidad territorializada

La identidad cooperativa vasca se caracteriza por su doble dimensión, en tanto que identidad profesional e identidad territorial. Aquí sostenemos un enfoque según el cual la identidad es un resultado propio de la Modernidad, con la que nos situamos en el mundo como parte de una “comunidad definidora” (Taylor, 2006), pero también mediante un proceso de inclusión-exclusión entre el “nosotros” y el “ellos” (Hall, 1996, pág. 35) que genera un “afuera constitutivo” de esa comunidad, puesto que definir el “ellos” configura igualmente nuestra identidad (Butler, 1990). Esto aplicado a la doble dimensión de la identidad nos permite determinar quién forma parte de esta cooperativa, es decir, quién conforma el “nosotros” de nuestro objeto de estudio. Así, hemos podido continuar y ampliar los escasos estudios precedentes (Azkarraga, 2007) y (Heras-Saizarbitoria, 2014) otorgando a la identidad cooperativa un campo de análisis más amplio.

En general, la dimensión profesional de la identidad cooperativa delimita la “comunidad definidora” en torno los socios, y especialmente, a aquellos de las cooperativas de trabajo asociado. En las entrevistas realizadas, los cooperativistas han expresado abiertamente su “orgullo” de pertenecer a las cooperativas. Su identidad profesional despasa los límites de la fábrica o la oficina y los cooperativistas afirman su “pertenencia a Mondragón” o que forman parte del “mundo de las cooperativas”. Además, estos socios nos han transmitido la idea de que la cooperativa a la que pertenecían era un patrimonio común que les había sido legado por las generaciones anteriores y que debían transmitir a las siguientes. Su sentir de pertenencia ha estado estrechamente vinculado al territorio, al que se refieren como “lo de aquí” o el entorno” Este vínculo fue traído a colación repetidamente durante las entrevistas por los cooperativistas. Por ejemplo, cuando un socio joven mencionó el hecho de que algunas cooperativas transferían parte de sus excedentes económicos a los pueblos en los que originalmente se habían fundado, pese a que se habían desplazado. Esto era así, ya que los fondos iniciales de algunas de ellas procedían de los Grupos Comarcales.

La construcción territorial del Grupo Mondragon, ejemplificada en los Grupos Comarcales, refleja la propia dinámica mediante la cual se ha construido territorialmente la identidad vasca. La cooperativa, como comunidad de trabajo, se inserta en una comunidad más amplia como es el pueblo, la comarca o el país. El territorio es, por tanto, el primer vínculo entre la identidad cooperativa y la identidad vasca. Mondragón reconoce este aspecto, al decir que “un elemento de identidad y de cohesión importante es el factor país” (Altuna, 2008, pág. 373). Sin embargo, la gran mayoría de los estudios sobre el cooperativismo y la Economía Social y Solidaria vinculan la existencia del movimiento cooperativo vasco a las relaciones comunitarias de la sociedad vasca y, principalmente, al tradicional trabajo voluntario entre vecinos, en euskera auzolan, al que se hace referencia con bastante frecuencia en la literatura académica (Altuna, 2008, pág. 90) o (Kasmir, 1999).

Los primeros trabajos de la antropología vasca intentaron analizar las características físicas y culturales de lo “vasco” desde una perspectiva de construcción de una identidad específica vinculada a la idealización del mundo rural tradicional. Una visión androcéntrica excluyente de otras identidades subalternas, que actualmente desafían ese ideal. Los cambios sociales, religiosos, políticos y demográficos hacen necesaria una nueva mirada sobre la representación de esta identidad en la actualidad (Zulaika, 2000). Hoy, la misma se halla vinculada al desarrollo urbano, los procesos migratorios, el papel social de la mujer y las cuestiones medioambientales. La importancia económica y simbólica del Grupo Mondragón coadyuvó al surgimiento de un imaginario arquetípico de cooperativa industrial con un modelo único de cooperativista vasco, un imaginario que ahora se enfrenta a nuevas cooperativas surgidas de entornos urbanos y de menor tamaño. La salida de los grupos Orona y ULMA ha dado lugar a una tensión dialéctica sobre lo que deben ser y cómo deben actuar las cooperativas en el territorio. Esta tensión refuerza una lectura más abierta de la identidad cooperativa, a la vez que cuestiona ciertas posiciones sobre la función social del cooperativismo en Euskal Herria.

Algunas de los recientes trabajos sobre Mondragón, (Azkarraga, 2007) y (Altuna, 2008), evocan este proceso de redefinición de su identidad que se expresa como una necesidad imperiosa más allá de las fronteras del propio Grupo.

“El sentido de ser cooperativista precisa una refundación, se podría afirmar que precisa una refundación en el nuevo siglo. Una refundición en la que se fundan los elementos históricos nucleares del cooperativismo en un nuevo contexto histórico y en el que se mezclen también los caldos de nuevas sensibilidades sociales” (Altuna, 2008, pág. 372).

Una necesidad que es extrapolable al movimiento cooperativo vasco que necesita, también, renovar su relato para adaptarse a esos nuevos contextos y sensibilidades (Uriarte et al., 2021). En todo caso, podemos afirmar que el territorio ha sido uno de los vectores de la construcción de la identidad cooperativa. Una de las expresiones de este anclaje territorial han sido los Grupos Comarcales de Mondragón, y cuya transformación en Divisiones Sectoriales suscitó tantas resistencias. El euskera, es otro de esos vectores de construcción. Los entrevistados destacan la labor de promoción de la lengua realizada por las estructuras cooperativas, no sólo en las ikastolas, escuelas con forma cooperativa, sino también por parte de las grandes cooperativas industriales, que han promovido el uso del euskera hasta la actualidad. Creemos que el territorio y la lengua son elementos fundamentales en la construcción de la identidad cooperativa, aunque estos no han sido, paradójicamente, reseñados por la mayoría las investigaciones precedentes (Greenwood, 1989); (Foote, 1995) o (Altuna, 2008).

Mondragón sigue anclado en una dinámica de búsqueda de competitividad en el mercado global y ha relegado el desarrollo territorial a un segundo plano. No es casual, que este proceso haya coincidido con las recientes escisiones de grupos tan territorializados como ULMA y Orona. ULMA es un grupo formado por nueve cooperativas muy vinculadas a la localidad de Oñati, mientras que Orona está muy ligada a Hernani, lejos del valle de Arrasate. En diciembre de 2022, estos dos grupos decidieron abandonar la Corporación, en un proceso que puede explicarse de forma multicausal. Durante las entrevistas, los cooperativistas de Orona y ULMA mencionaron el deseo de estos grupos de tener un mayor poder de decisión en el seno de MCC, pero también la existencia de problemas personales entre los respectivos equipos directivos y el del Grupo. Creemos que los dos factores más importantes en este proceso han sido, por un lado, la forma en que Mondragón se ha desterritorializado, optando por las Divisiones Sectoriales, y, por otro, los cambios mencionados en torno a la identidad cooperativa. Estas tensiones identitarias quedan bien reflejadas en las declaraciones realizadas por un cooperativista de ULMA a unos informativos de radio momentos antes de asistir a la Asamblea General, en la que, finalmente, se ratificó la separación,

“Hay situaciones propias de Ulma que son de toda la vida que creo que son parte de la identidad de la empresa que… igual hay que mantenerlas y es un poco lo que se debate aquí… Si te acoplas un poco a lo que dice Mondragon o mantienes tus señas de identidad” Declaraciones realizadas a (Urdín, 2022).

“Acoplarse a lo que dice Mondragón o mantener tus señas de identidad” puede funcionar como una buena síntesis sobre las tensiones no resueltas entre la identidad y el desarrollo territorial en el seno del cooperativismo de Mondragón. La influencia de la Corporación en la construcción territorial del cooperativismo en Euskal Herria es significativa. Los numerosos vínculos forjados entre las cooperativas y el territorio han impregnado gran parte del desarrollo cooperativo, trascendiendo el sector industrial o las fronteras del propio grupo Mondragón. La salida de Orona y ULMA plantea un nuevo escenario discursivo, y es relevante atender a que estos grupos cooperativos han abandonado la Corporación Mondragón, pero no así estructuras intercooperativas como la mutualidad Lagun Aro o Caja Laboral. Compartimos la opinión de que “la experiencia cooperativa precisa adecuar y reconstruir su identidad” (Altuna, 2008, pág, 372) citando a (Azkarraga, 2007). Este es quizás el gran reto del cooperativismo en Mondragón, pero también del cooperativismo vasco en su conjunto, generar nuevos vínculos de identidad en el contexto de un nuevo ciclo socio-histórico.

6. Conclusiones

En este artículo hemos contextualizado el movimiento cooperativo en el País Vasco, destacando la emergencia de un nuevo ciclo socio-histórico. También hemos mostrado cómo el cooperativismo de Mondragón se ha construido territorialmente y cómo, en esta nueva etapa, este cooperativismo coexiste con cooperativas urbanas y de menor tamaño. Este nuevo ciclo también refleja la forma en que la identidad cooperativa vasca ha evolucionado bajo la influencia de cambios sociales más amplios.

Podemos afirmar que el cooperativismo ha sido un actor en la construcción del territorio, vinculando a las empresas que iban surgiendo con el entorno. La estructura territorial del Grupo Mondragon permitió establecer vínculos directos entre las cooperativas y el mismo territorio mediante herramientas formalizadas de intercooperación como los Grupos Comarcales. Esta estructura organizativa del Grupo Cooperativo Mondragon ha tenido, como es sabido, una vasta influencia en el movimiento cooperativo mundial y, muy especialmente, en el resto de cooperativas de Euskal Herria. No obstante, la transformación de los Grupos Comarcales en Divisiones Sectoriales supuso un cambio radical en la construcción territorial de Mondragon y coincidió con el abandono de la promoción de nuevas cooperativas mediante la estrategia de reproducción inducida. El Grupo con sede en Arrasate se desvinculó así del territorio, centrándose en buscar una mayor competitividad en el mercado global con la que sostener el empleo local y la transformación social en el entorno geográficamente más próximo. En el presente artículo proponemos una lectura que aborda esta construcción territorial desde la perspectiva de los profundos cambios en la identidad cooperativa vasca. Identidad que ha venido asociando el sentir de pertenencia de los socios cooperativistas al propio territorio de Euskal Herria. Este cambio de estrategia en la organización de MCC demuestra también parte de las dinámicas históricas que, hoy, explican la salida de los grupos cooperativos Orona y ULMA. Nuestro posicionamiento trata de ofrecer una nueva línea doctrinal sobre los procesos de cambio socio-histórico del cooperativismo vasco, y particularmente de la Experiencia Cooperativa de Mondragon.

Nuestro análisis parte de una secuenciación diacrónica que reconoce la existencia de un nuevo ciclo socio-histórico que refleja una nueva tendencia de adaptación del movimiento cooperativo vasco, no solo de aquel asociado al Grupo Mondragon, a los nuevos contextos económicos y sociales. Esta es quizás la conclusión más significativa del trabajo que hemos venido realizando (De la Fuente, 2024) y algo apenas reseñado hasta ahora.

El arraigo de las cooperativas al territorio es un elemento constitutivo de la identidad cooperativa vasca. Esta identidad precisa, sin embargo, una adaptación a nuevos modelos identitarios abiertos y plurales, como los que se encuentran en la moderna sociedad vasca. Esto pasa, entre otras cosas, por considerar en su justa medida como antecedentes cooperativos las formas consuetudinarias de trabajo precapitalista (como el trabajo colectivo entre vecinos, o auzolan), huyendo de una concepción esencialista de la identidad cooperativa que ve en las cooperativas una forma natural del hacer económico vasco. Es necesario repensar un proyecto identitario estratégico que posicione al cooperativismo como un instrumento de transformación social fundamental en este Nuevo Ciclo.

Otro elemento fundamental para la refundación de la identidad cooperativa es regenerar la articulación territorial del movimiento cooperativo. El Grupo Mondragon abandonó la promoción de nuevas cooperativas y, a su vez, transformó los Grupos Comarcales en Divisiones Sectoriales. Este cambio tuvo un impacto sin precedentes en el movimiento cooperativo al alejarlo de su proyecto social para centrarse en la búsqueda de la competitividad. La salida de Orona y ULMA representa un escenario dialéctico interesante que sitúa la identidad cooperativa (si más no como identidad organizacional de ambos grupos) en el centro de la discusión, aunque aún es temprano para sacar conclusiones definitivas sobre estas recientes escisiones.

Nuestra investigación representa una nueva forma de abordar los procesos de construcción territorial del cooperativismo frente a investigaciones precedentes. Además, nuestra propuesta de secuenciación socio-histórica de los cuatro ciclos del cooperativismo en Euskal Herria es, aunque pueda sorprender, una novedad en esta materia de análisis. Señalar, como hemos venido haciendo, que la identidad necesita ser refundada es una idea central en nuestro trabajo y abre la vía a nuevas líneas de estudio que restan poco trabajadas. Las cooperativas de Mondragon han demostrado su capacidad para seguir siendo protagonistas de la transformación social y del desarrollo territorial, pero poder seguir actuando como tales agentes de cambio dependerá en gran medida de su capacidad para refundar y adaptar su propia identidad al nuevo ciclo socio-histórico.

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Fuente de financiación

Este artículo no cuenta con fuente de financiación alguna.

Contribuciones del autor

La totalidad del artículo y del trabajo que lo origina ha sido elaborado por el autor del presente.

1 Debatimos ampliamente la cuestión de la función social del cooperativismo en Euskal Herria en (De la Fuente, 2020).

2 Euskal Herria es el término recomendado por la Euskaltzaindia para referirse a los territorios de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa, Nafarroa (Behera y Garaia), Lapurdi y Xiberoa (Euskaltzaindia, 2003). Territorio representado por tres realidades administrativas diferenciadas a las que haremos referencia específicamente con el nombre de Comunidad Autónoma de País Vasco, Comunidad Foral de Navarra y la Communauté d’Agglomération Pays Basque.

3 Datos obtenidos de la web de Orona [https://www.orona-group.com/ consultado el 2 de diciembre de 2022] y del sitio web de ULMA [https://www.ulma.com/es consultado el 2 de diciembre de 2022]. Orona se dedica a la fabricación de ascensores mientras que ULMA agrupa nueve cooperativas de sectores diferentes como las soluciones para la construcción, la industria alimentaria y la agricultura.

4 Este artículo es una ampliación y adaptación al castellano del capítulo Le développement territorial dans l’histoire du coopérativisme (De la Fuente, Pendiente de publicación) del libro Le développement des territoires à la lumière de l’Economie sociale et solidaire (Gianfaldoni et al., Pendiente de publicación), que fue presentado en el VII Encuentro REJIES, de Jóvenes Investigadores en Economía Social, celebrado en enero de 2024 en la Universidad de Almería.

5 Algunos ejemplos de esos lazos comunitarios se atienden con los sentimientos de pertenencia engendrados por los dialectos locales del euskera (euskalki) o las solidaridad intergrupal de los grupos de amigo (koadrilloak).

6 Nos referimos a la asociación para la promoción de la economía local y el emprendimiento, Hemen, y a la sociedad de capital riesgo Herrikoa, vid. (Itçaina, 2020). Ambas han sido, y son, herramientas para el desarrollo económico del País Vasco francés, en las cuales el cooperativismo ha tenido un papel importante.

7 Los cimientos de este movimiento cooperativo se organizaron en torno a “un même sentiment identitaire, une même communauté d’intérêt, dépassant le seul profit immédiat pour investir dans l’emploi” (Hemen Elkartea, 2017, s.p.).